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Karen Blixen: la fe de una escritora en África

Karen Blixen

Public Domain

José Ángel Barrueco - publicado el 29/08/23

Se reeditan los dos tomos de memorias que Karen Blixen firmó como Isak Dinesen. Una mujer fuerte y ejemplar cuya faceta creyente no suele mencionarse

En Conversaciones con Karen Blixen, un breve y notable librito de Confluencias Editorial, Eugene Walter pregunta a la baronesa Karen Blixen: «¿Conoce bien Roma? ¿Cuándo fue la última vez que estuvo aquí?», y ella responde: «Hace unos años, para una audiencia con el Papa». Aunque, por lo general, no suele señalarse la faceta cristiana de la escritora, esto no debería sorprendernos: al fin y al cabo, es la autora de un relato largo titulado «El festín de Babette» que, junto a su adaptación al cine, se considera una ficción ejemplar en los entornos católicos.

En esas entrevistas alude a su condición de creyente: «Cuando era pequeña, la idea de irme a África no figuraba en absoluto entre mis planes, ni tampoco me imaginaba que iba a encontrar la más absoluta felicidad en una granja africana. Esto demuestra que la imaginación de Dios es mejor y más refinada que la nuestra». La escritora danesa Karen Blixen vivió en Kenia durante 18 años, «los mejores de mi vida». 

Tras su estancia en aquel continente escribió dos libros de memorias: Lejos de África y Sombras en la hierba, el primero también conocido como «Memorias de África” gracias a la película que hizo Sydney Pollack en los años 80 con Meryl Streep y Robert Redford en los papeles principales.

Estos dos tomos contienen varios pasajes en los que la autora confirma su fe, recorre misiones y conversa con nativos en torno al cristianismo. Si hablamos aquí de estas obras es porque el Grupo Penguin acaba de reeditarlas en bolsillo.

Karen Blixen, que las firmó con el pseudónimo de Isak Dinesen, es una autora que no pasa de moda. Una mujer fuerte y ejemplar que, durante su larga estancia en África, sale adelante mientras compagina un montón de tareas (la escritura, caza, gestión de una granja, cultivo de café y su disposición a ejercer de anfitriona cuando los amigos la visitan, y de doctora cuando las circunstancias lo requieren…). En esa tierra mantuvo relaciones con Denys Finch-Hatton, quien moriría en un accidente de avioneta, pero jamás revela una palabra de esos amores en los libros. 

El interés religioso de Karen Blixen

Karen Blixen

Blixen se interesó por varias religiones. Así, se acompaña de una Biblia ilustrada que le enseña a un niño y también estudia el Corán. En la página 199 de la antigua edición de Alfaguara (traducción de Barbara McShane y Javier Alfaya), la escritora y granjera lleva a unas jóvenes mahometanas hasta una de las misiones. Cerca de su vivienda estaban la misión escocesa y la misión católica francesa. Entra con las muchachas en un templo:

«Había imágenes en la iglesia y, con la excepción de la postal, jamás habían visto en sus vidas nada semejante. En la misión francesa había una estatua de tamaño natural de la Virgen, toda blanca y azul celeste, con un lirio en la mano, y al lado otra de San José con el niño en brazos. Se quedaron suspensas ante ellas, la belleza de la Virgen les hizo suspirar» […] «Al volver a casa apenas hablaron; no hacían preguntas por miedo, yo creo, de traicionar su ignorancia de aquellas cuestiones. Solo un par de días más tarde me preguntaron si los padres podían hacer que la Virgen o San José se bajaran de sus pedestales». 

Blixen subraya a menudo las diferencias entre los nativos masai y kikuyu y los europeos. Los primeros están habituados a escuchar los relatos orales, mientras los occidentales han perdido la paciencia para hacerlo. Llama la atención la creencia de los nativos respecto a ciertas actitudes. No sabemos si llamarlo ingenuidad o fe ciega. Sirva de muestra este pasaje (página 259):

«Una vez, cuando Denys y yo habíamos estado volando y aterrizamos en la pradera de la granja, un kikuyu muy anciano se acercó y nos habló: 

–¿Habéis visto a Dios? –preguntó.

–No, Ndwetti –dije–, no hemos visto a Dios.

–Ajá, luego no habéis subido lo bastante alto –dijo–. Pero ahora dime: ¿crees que podréis subir tanto que lleguéis a verlo?

–No lo sé, Ndwetti –dije. 

–Y tú, Bedârt –dijo volviéndose hacia Denys–, ¿qué piensas? ¿Llevarás tan alto tu aeroplano que verás a Dios?

–De verdad no lo sé –dijo Denys. 

–Entonces –dijo Ndwetti–, no sé por qué vosotros dos voláis».

En otras ocasiones es la propia autora la que se arranca con arrebatos de ingenio, como en la página 321, en la que conversa con un profesor sueco de Historia Natural:

«Un día me dijo:

–Le voy a contar una experiencia mía muy interesante. En lo alto del monte Elgon me fue posible, por un momento, creer en la existencia de Dios, ¿qué le parece?

Le dije que era interesante, pero pensé para mis adentros: “Hay otra interesante cuestión: ¿Le sería posible a Dios, en el monte Elgon, creer por un momento en la existencia del profesor Landgreen?”».

En el librito de conversaciones que citábamos al inicio del texto encontramos este diálogo, perfecto para el cierre de este homenaje a una autora a la que hay que leer:

«Bernard Pivot: “¿Cree en Dios?”

Karen Blixen: “Sí” (un sí contundente cual latigazo). “No lo sé explicar, no lo puedo definir, pero creo en Dios”». 

Tags:
libro
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