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La carretera, de McCarthy: del apocalipsis al misterio

CORMAC-MCCARTHY

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Manuel Ballester - publicado el 07/07/23

El emigrante, el turista y el peregrino… viven y viajan, que así es la vida humana. Navicare necesse est: la vida es viaje. Varía el estilo, cambian los paisajes y las circunstancias, se transforma la mirada pero se mantiene la esencial identidad entre vivir y viajar.

Occidente lo supo pronto, cuando el poeta ciego capturó para la posteridad el viaje de Odiseo, que es modelo de los viajeros de todo tiempo. También el Ulises de Joyce habló del camino del hombre contemporáneo. Y algo de esto, esencial de todo hombre (que es cualquiera y es Nadie cuando el cíclope quiere destruirlo), hay en La carretera (The Road, 2006), la célebre obra de Cormac McCarthy (1933-2023).

La Odisea de Homero es un relato de aventuras porque el viaje de la vida es arriesgado. Hay enemigos internos y externos, hay batallas ganadas y perdidas… El hombre homérico sale de sí, de su casa y su patria, para madurar y volver a su hogar lleno de dignidad y grandeza. El hombre que pinta Homero vive en un cosmos, un mundo ordenado; y quienes intentan destruir el orden son la amenaza: monstruos y fuerzas que trasciende lo humano.

El hombre de Joyce vive en un mundo postmoderno, fragmentario, deconstruido o, por decirlo de otro modo, vive en un mundo que no se entiende a sí mismo. Aún perviven las estructuras éticas, políticas, humanas, que permiten una buena vida, pero el hombre no está ahí cómodo. El mundo es aún su casa, pero no acaba de encajar ahí, no se siente cómodo porque, como ocurre con parte del arte moderno, no acaba de entenderlo o, como lo expresa Rilke: no estamos satisfechos en casa, en el mundo tal como lo entendemos (wir nicht sehr verläßlich zu Haus sind in der gedeuteten Welt). Hay tensión: el mundo está estructurado (es un cosmos, que diría Homero) pero el hombre no se siente en casa porque no ve el sentido del mundo y de la vida.

El individuo y el mundo del que habla McCarthy es un hombre sin nombre en un mundo postapocaliptico, posthumano, postcristiano o, por decirlo de otro modo, un mundo muerto del peor modo posible: sin haber transmitido lo que tuvo de valioso y vivo, sin herencia ni tradición que vitalice a los hombres que heredan esa tierra quemada porque es un «mundo intestado».

Más que el malestar del mundo de Joyce, nos ha tocado vivir la desolación del mundo de McCarthy. Sería muy ilustrativo ver los ejes estructurales del mundo de Homero, Joyce y McCarthy. Sería muy ilustrativo, pero requeriría más espacio del que disponemos en el presente texto. Vamos, no obstante, a esbozar algunas líneas en ese sentido.

La vida es viaje. Por el mundo. ¿Cómo es ese mundo? Terrible, inhóspito. Irreconocible. Es un «mundo muerto», que ofrece el «el fatigoso contraespectáculo de las cosas dejando de existir». Lejos queda ya el jardín del Edén o el cosmos griego. Ahora el mundo y el hombre no se reconocen, no parecen hechos el uno para el otro. Queda el silencio. No hay memoria ni esperanza. La pulsión básica, constante, es comer, pero en toda la obra sólo en una ocasión se halla algo comestible ofrecido por la tierra: unas manzanas; el resto son todo conservas, latas. La naturaleza ni acoge ni alimenta ya al hombre.

La vida es viaje. Los viajeros son un padre y un hijo. No hay mujer: la madre perdió la esperanza, los dejó a su suerte. A veces el niño quisiera estar con su madre y el padre entiende que «le gustaría estar muerto», le gustaría rendirse: viajar y vivir es ¡tan extenuante! Sobre todo si no hay una meta clara. El hombre actual no puede alcanzar un hogar donde una Penélope pueda acogerlo.

El orden físico y el mundo humano son hostiles, son enemigos. ¿Qué somos, entonces? Caminamos, sí ¿Qué otra cosa puede hacerse? Caminamos por inercia, hasta que el cansancio nos alcanza y nos dejamos morir. Así ocurrió con la madre y la esposa; él se sentía un superviviente pero ella no acepta ni esa reducción: «No somos supervivientes. Esto es una película de terror y nosotros somos muertos andantes». Ella, quedó dicho, acepta su propio diagnóstico, pierde la esperanza y se niega a seguir caminando.

Sobrevivir, vivir sea como sea, escapar a la muerte un día más, un paso más para ver sucederse los días de un modo plano, sin relieve, «penosamente sin cuenta ni calendario; uncounted and uncalendared». Ese caminar es el de muertos vivientes. Por eso, estar vivo «no parece que sea tan estupendo».

El mundo humano, el de las relaciones, es temible: Homo homini lupus. En ese mundo los otros son los malos, bandas de saqueadores que oprimen, esclavizan y convierten a los otros hombres en objeto, en alimento para ellos. Los malos son así. Es comprensible que la mujer no haya querido ni ser mala ni caer en las terribles manos de los malos. El hombre y el niño son de los buenos. Cuando el hombre tiene que matar a un malo, el niño pregunta: «¿Todavía somos los buenos?».

Nada, ni en la naturaleza ni en el mundo humano, parece apoyar esa distinción entre buenos y malos. Quizá la diferencia radique más que en el viaje mismo, en lo que da sentido al camino y al caminante. ¿Por qué no ha perdido la esperanza el padre? En ese mundo postapocalíptico en el que Dios ha muerto, se sabe enviado, portador de una luz y una misión: «Mi deber es cuidar de ti. Dios me asignó esa tarea; My job is to take care of you. I was appointed to do that by God».

Al final llega la muerte, al final el padre no podrá seguir cumpliendo la tarea que le ha sido asignada. Durante esta época terrible del mundo, el hombre ha perdido su más íntima realidad, eso que los antiguos llamaban su “nombre”. En esta época de la humanidad, los caminantes parecen clones: la novela habla del hombre o el padre, del hijo, el niño, el chico… sin nombre. El nombre expresa nuestra tarea, nuestra misión en la vida. Se nos da un nombre como se nos da una tarea pero hay que merecerlos y ganarlos. Al final de la vida habremos hecho honor a nuestro nombre o habremos fracasado íntima y vitalmente. Quien triunfe, sabrá su auténtico nombre. Por eso, cuando el hombre estaba acabando su misión en la vida, el hijo «se puso de rodillas al lado de su padre y cogió su fría mano y pronunció su nombre una y otra vez».

El padre muere. Ha sido un camino duro pero ha cumplido. ¿Y el hijo, y su futuro? ¿Cómo seguir siendo bueno, cómo esquivar a los malos? La vida de los hombres es dura cuando Dios ha muerto o, lo que es lo mismo, «donde los hombres no pueden vivir a los dioses no les va mucho mejor».

 Aunque todo parezca perdido… cuando todo parece perdido, entonces siempre ocurre que la Bondad «Goodness» nos encuentra y nos salva: «Así ha sido siempre y así volverá a ser».

Ulises perdido, el mundo hostil, el padre muerto. Sin fuerzas ni rumbo. Pero entonces surge la salvación porque entonces se entiende que necesitamos ser salvados y la Bondad no permitirá que nuestras necesidades más justas e íntimas queden sin atender: «La mujer al verle lo rodeó con sus brazos y lo estrechó. Oh, dijo, me alegro tanto de verte. A veces le hablaba de Dios».

Ser acogido, ser cuidado, es llegar al hogar, un lugar donde vivir humanamente, un lugar más antiguo que el hombre, el hogar que vislumbra el misterio: «En las profundas cañadas donde vivían las cosas que eran más viejas que el hombre y que murmuraba el misterio; In the deep glens where they lived all things were older than man and they hummed of mystery».

En el misterio vivimos, nos movemos y existimos. Es el principio nutricio que puso el mundo a nuestra disposición, para que lo cuidáramos y nos sirviéramos de él; y, también misteriosamente, nos colocó junto a otros hombres para quererlos y cuidarlos.

La estructura básica del hombre, la apertura y el cuidado (del mundo y los otros) se ve trastocada cuando, en vez de cuidar y amar, el hombre se convierte en un depredador del mundo y un lobo para los hombres. Pero, es el final de La carretera, misteriosamente, el hombre puede ser acogido, valorado, cuidado, amado y, entonces, vivirá en contacto con el auténtico ser de las cosas que son criaturas (así lo entiende Francisco de Asís) que orientan nuestra mirada y nuestro corazón hacia la grandeza del misterio. Así era al principio, por otra parte.

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