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‘Still’: la admirable resistencia de Michael J. Fox

LA VIDA

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José Ángel Barrueco - publicado el 05/07/23

El factor sorpresa de "Still. La vida de Michael J. Fox" es la presencia de éste durante gran parte del metraje

El actor se planta ante la cámara, trata de controlar sus movimientos, a veces tienen que hacer una pausa para que ingiera pastillas y se calme, explica los pormenores de su presente y de su pasado y afronta el análisis de quienes le miran y le observarán sin preocuparle que veamos que se le nota envejecido, destrozado por dolores corporales de los que ni siquiera se lamenta. 

Uno, al empezar el documental, pensaba que el protagonista de Regreso al futuro ya no comparecería en las entrevistas dado su deterioro (por si alguien lo desconoce, sufre la enfermedad de Parkinson desde antes de los 30 años). Pero lo hace. No tiene miedo al qué dirán. A los juicios. A las críticas. A las maldades. Por eso le vemos haciendo ejercicios de movilidad junto a un preparador físico. Le vemos practicando lectura en voz alta. Acudiendo al médico.

Incluso, atónitos, le observamos caminar por la calle, a trompicones, inestable por los temblores, y hasta comprobamos cómo se cae al suelo en mitad de la acera tras saludar a una admiradora. Es uno de los mayores ejemplos de coraje, de valentía, de resistencia, que hemos visto jamás. La gente, cuando se ve acosada por la enfermedad, por cualquier enfermedad, se esconde. Michael J. Fox, no.

Lucha con la enfermedad

Still está basada en sus libros autobiográficos, de los que hablamos tiempo atrás en este mismo espacio. Es, por tanto, una síntesis y una actualización de los mismos. Pero ver su sufrimiento en las imágenes acaba siendo más doloroso.

Durante 90 minutos asistimos a un resumen de su vida que incluye su infancia rodeada de abusones porque era bajito, sus primeros pasos en televisión, su etapa sin empleo, el esfuerzo brutal que desempeñó rodando Lazos de familia por el día y Regreso al futuro por la noche, el encuentro con la que sería su mujer y compañera inseparable (Tracy Pollan), el nacimiento de los hijos, la llegada del Parkinson, los períodos en que se ahogó en alcohol para olvidarse del diagnóstico y, finalmente, la aceptación y el reconocimiento público de la enfermedad y su manera de lidiar con ello.

Cruzar el umbral hacia la vida de adulto

Desde niño, así lo confirma en una de las entrevistas, sintió la necesidad de hacer reír. Si arrancaba una carcajada al matón de turno, era más difícil que éste le pegara. Se trata de un muchacho que supo salir adelante convirtiendo sus complejos en armas cómicas. Que ahora es un hombre que emplea las mismas herramientas. Cuando le vemos con sus hijos o con una doctora o con el entrevistador… termina haciéndoles reír. Que un tipo tan enfermo y tan molido suscite la risa de quienes le tratan o hablan con él es una auténtica lección de vida. De no rendirse. De no caer.

Incluso cuando repasa algunos de los batacazos y las consiguientes fracturas que ha sufrido, encuentra hueco para el humor. Le dice al entrevistador que caerse desde su altura, aunque sea poca, también duele. Sólo le vemos desmoronarse una vez, cuando relee el pasaje de uno de sus libros de memorias en el que cuenta el camino de su padre hacia la muerte.

Responsabilidad

«Son sólo tres frases, pero pesan como diez toneladas», indica entre lágrimas. Fue el primer paso hacia la realidad, el momento en el que cruzó el umbral hacia la vida de adulto. Ya no se trataba de fans pidiéndole autógrafos, de estrenos de cine llenos de admiradores y periodistas, de coches nuevos y mansiones: todo eso lo considera ahora como algo de ficción.

La realidad era otra cosa: la pérdida del padre, su diagnóstico temprano, el pozo sin fondo del alcoholismo… Entonces descubrió «la vida». Para él, sufrir Parkinson siendo tan joven fue el precio a pagar por conseguir un éxito tan excesivo y a una edad tan temprana.    

Como si fuera Spider-Man («un gran poder conlleva una gran responsabilidad»), aún siente la sobrecarga de ser Michael J. Fox: «La gente me dice que la hago sentir mejor y les hago hacer cosas que de otro modo no harían. Y eso es lo más poderoso que puedes sentir y es una gran responsabilidad. Y no quiero arruinarlo». No lo ha arruinado. Todo lo contrario. Su fortaleza, su resistencia, su devoción hacia su familia, su compromiso con la recaudación de fondos para que investiguen su enfermedad y, sobre todo, sus ganas de apurar la vida hasta la última gota, resultan verdaderamente ejemplares.      

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