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María Fitzherbert: La reina que no pudo serlo, por ser católica

MARIA-FITZHERBERT

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Sandra Ferrer - publicado el 18/05/23

Jorge IV se casó con ella en secreto, pero las leyes británicas le impidieron ser reina

Hace unos días, el rey Carlos III de Inglaterra era coronado rey junto a su esposa Camila, una mujer cuya historia ha estado en boca de todos durante décadas. De la nueva reina se ha hablado mucho, pero pocos pueden afirmar que sea o no católica. Algo que ya no es impedimento para coronarse como soberano del Reino Unido. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que ser católico cerraba muchas puertas en tierras británicas. Una de ellas, la de palacio. 

Eso fue lo que le sucedió a María Fitzherbert, dama de la nobleza que se enamoró del Príncipe de Gales. Y él de ella. Su matrimonio secreto fue la única solución que encontró el futuro rey Jorge IV para tener a la mujer que amaba sin renunciar a la corona. Una solución que no sería buena para nadie. 

María Ana Smythe había nacido en el condado de Hampshire el 26 de junio de 1756. Su familia estaba bien posicionada socialmente y era católica, algo muy poco favorable en la Inglaterra protestante. María se marchó a vivir a un convento en Francia los primeros años de su formación, pero pronto regresó a casa para cumplir con los deseos de su familia de contraer un buen matrimonio.

El elegido convivió muy poco con su esposa, pues una fatídica caída del caballo pocos meses después del enlace terminó con su vida. Quizás porque nadie se esperaba su pronta desaparición, quizás por dejadez, lo cierto es que no había ningún documento que legara a la joven viuda ni tan siquiera una exigua renta. 

Sola con diecinueve años, sus padres buscaron rápidamente un nuevo candidato para María. El elegido, Thomas Fitzherbert, tenía diez años más que ella. Su unión tampoco sería demasiado larga. Tres años después dejaba este mundo y a su esposa, sola de nuevo, sin hijos, pero, esta vez, con una buena pensión y una flamante residencia. 

María Fitzherbert empezó a disfrutar de la vida social en el Londres de finales del siglo XVIII. En una de las fiestas a las que acudió conoció a Jorge, el joven Príncipe de Gales quien se enamoró de ella incondicionalmente. María también se enamoró de él, pero no estaba dispuesta a ser su amante. Ambos sabían que el rey Jorge III nunca consentiría un enlace de su hijo con una mujer católica. De hacer público aquel amor, el príncipe sabía también que tendría que renunciar a la corona. La solución que encontraron fue la de casarse en secreto, celebración que tuvo lugar el 15 de diciembre de 1785.

La decisión tomada fue absolutamente desastrosa. Así lo relata James Munson en su extensa biografía sobre María: «El exótico matrimonio de María fue durante casi treinta años parte de la vida política británica. Si era un secreto, era un secreto conocido en toda la sociedad y estaba protegido por esa misma sociedad contra las leyes del país. El matrimonio influyó en la política nacional y afectó las diversas crisis que dividieron al Parlamento y la nación.

Después de su muerte, las mismas fuerzas que la habían protegido en vida lo hicieron con su memoria. El matrimonio de María los había colocado a ella y a su esposo en un terrible dilema. Quería ser reconocida como la esposa del Príncipe y no como su amante, pero también quería proteger su privacidad y escapar de las terribles sanciones de la ley.

El príncipe inmaduro, que pensaba mucho menos en sus votos matrimoniales, quería una esposa que no fuera más exigente que una amante agradable. Quería demostrar que un miembro de la Familia Real podía tener una vida puramente privada. Tanto el Príncipe como María fracasaron».

Antes de fracasar, la pareja se empeñó en vivir su idilio y hacer que llegara a funcionar. Pero no funcionó. Sobre todo cuando empezó a recibir presiones para que tuviera descendencia.

En 1795, Jorge IV se casaba con su prima la princesa Carolina de Brünswick, quien fue la víctima sin saberlo de aquel dramático amor. Jorge nunca la amó y tuvo que soportar un matrimonio desastroso. Mientras, María exigía su lugar en toda aquella historia hasta que se hartó y cortó definitivamente con su amante en 1811.

A pesar de la ruptura, María y Jorge siguieron amándose. De hecho, se amarían hasta el último momento. Cuando ella supo de la muerte del rey en 1830 quedó absolutamente devastada. El monarca fue enterrado con una medalla en su cuello en la que se escondía un retrato de María. Cuando ella se enteró, lloró desconsoladamente. Ambos sabían que nunca habían dejado de amarse. 

María Fitzherbert aún vivió siete años más retirada en la campiña inglesa, realizando obras de caridad y encontrando consuelo en la oración. A su muerte, el 27 de marzo de 1837, fue enterrada en la Iglesia de San Juan Bautista de Brighton que ella misma había ayudado a construir. 

Fueron muchos los panegíricos y textos publicados en prensa recordando la figura de quien fue, en realidad, la reina secreta de los británicos: 

«La difunta señora Fitzherbert ha ocupado un lugar demasiado extraordinario en la historia de este país como para que su fallecimiento no demande de nuestras manos algún tributo de respeto y consideración». 

«Su pérdida para los pobres será irreparable y la sociedad en general sentirá el vacío dejado por alguien que poseía, en un grado eminente, las mejores cualidades de nuestra naturaleza.»

Otros, sin embargo, no dudaron en calumniar su memoria: «Durante varios días han aparecido párrafos en diferentes periódicos relativos a la difunta señora Fitzherbert, en los que se habla fría y abiertamente del matrimonio de la dama con Jorge IV como un hecho indiscutible. No sabemos quiénes son los autores de estos párrafos, pero nos damos cuenta de que no pueden ser amigos de la dama fallecida, ni del personaje real que supuestamente fue su esposo. La ceremonia descrita como un matrimonio entre el heredero aparente y una dama privada fue de acuerdo con la visión legal de la cuestión, totalmente inválida según las Disposiciones de la Real Ley de Matrimonio, y por lo tanto, o una cruel imposición para acallar los escrúpulos de una mujer virtuosa pero de mente débil, o un hipócrita pretexto adoptado por la propia dama para encubrir su vergüenza».

María Fitzherbert vio morir a su amado rey sin poder mostrar al mundo que ella era la reina de Inglaterra y reclamar así su lugar en la historia.

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