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Hijos que aprenden a cuidar a sus padres y a sus abuelos

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Shutterstock / Monkey Business Images

Una abuela recibe la visita de sus nietos.

Ignasi de Bofarull - publicado el 03/03/23

Ignasi de Bofarull, profesor de Sociología de la Familia, propone una "revolución" contra la soledad

Vivimos una época que padece una plaga de soledad. En tiempos donde la comunidad prevalecía y las relaciones vecinales eran más estrechas, las familias estaban más cerca unas de otras.

Incluso en el mundo rural las familias compartían el hogar con tres generaciones (y a veces cuatro). La vida era más compartida y el descanso y el ocio era más convivencial. El paisaje de un hogar contaba con una abuela que veía pasar delante de sí a los hijos y los nietos sentada en su sillón. 

Con la progresiva urbanización de la sociedad (cada vez hay más gente que emigra del campo y poblaciones pequeñas a la ciudad), las distancias han crecido y las familias se han ido compartimentando. Y los padres y abuelos se suelen quedar en el pueblo. Hay un distanciamiento familiar. Hoy es todo distinto: el trabajo es absorbente y el ocio es más individual.

La tertulia familiar, la charla con los abuelos es más difícil. Pasear con los padres pierde vigencia. Y la soledad atenaza la vida de los mayores. Nadie los va a ver con la frecuencia que sería preciso, ni los hijos ni los nietos. Y si están en una residencia, a menudo masificada, caen en la postración. Y textualmente se doblan.

Creo sinceramente que hay solución. Se insiste mucho en la vida sostenible en un planeta limpio. Pues desde estas líneas reclamamos una vida familiar y social sostenible.

El planeta sufre con la contaminación. El tabaco es negativo. Por supuesto. Pero hay que cuidar a los padres y a los abuelos. Eso es ecología social.

En Gran Bretaña existe el Ministerio de la Soledad. Un porcentaje importante de la población occidental lo sufre.

Pues bien: ha llegado la hora de la ecología social y humana. Ha llegado el momento de cuidar los corazones cansados de padres y mayores. Nos lo dieron todo y a veces nos olvidamos de ejercer algo tan sencillo que podríamos denominar la reciprocidad intergeneracional.

Es más, en la famosa educación emocional (a mí me gusta hablar de educación en hábitos, virtudes, carácter) deberíamos enseñar un principio básico: «Cuida a tus mayores como ellos te cuidaron a ti cuando ellos eran jóvenes y tú un niño».

Deberían existir campañas institucionales en las que la imagen del buen ciudadano no solo se relacionara con el respeto a la democracia, la ecología, el respeto a los débiles en general, las buenas dietas, etc. Eso está bien.

Sin embargo, un buen ciudadano es también un buen hijo y un buen nieto. Y hay que atender a los abuelos compartidamente entre hijos y nietos pues ellos lo necesitan y además cuentan con una sabiduría que a menudo olvidamos en un tiempo tan acelerado. Una sabiduría que necesitamos.

Se está hablando de refamiliarizar las residencias y los geriátricos, se insiste en que hay que desmasificarlos y atender a los mayores en apartamentos que se parezcan a hogares en los que conviven entre 10 ó 15 abuelos con una atención más personalizada. Pues bien, refamiliaricemos nuestras familias. Traigamos a los mayores a comer a casa. Organicemos fiestas. Reunamos a toda la familia no solo en Navidad.

Los voluntarios comentan que una visita larga a una persona mayor le da vida, salud, claridad y queda reconfortada. Hay que ir a escucharlos. Sus recuerdos son valiosísimos. Y están repletos de identidad e historia familiar. Los voluntarios dicen, sin ser familia, que es una tarea muy reconfortante. Una dedicación que cura el alma tanto del visitado como del visitador.

No todo se resuelve con dinero. En la publicidad percibimos la presencia de ofertas en las que hay señoras que prácticamente se van a vivir al hogar de personas mayores. Esa es la línea, pero los hijos y los nietos también tienen un papel apoyados en estas profesionales del cuidado.

La clave puede ser aprender a pasarlo bien con los mayores y la clave es que la visita ha de convertirse a menudo en una salida, en paseo, en la asistencia a un acto cultural de barrio.

Quizá habrá que cerrar las pantallas un poco más para que en vez de ver tantas caras desconocidas veamos las caras de aquellos que de alguna forma dieron la vida por nosotros.

Aprendamos a vivir la familia de este modo. Seamos ejemplares y visitemos a los abuelos con nuestros hijos.

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abuelosancianoseducaciónfamiliafamilia numerosasoledad
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