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El hábito no hace al monje… pero bien que le ayuda

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Matilde Latorre - publicado el 02/02/23

El vestido talar religioso es un símbolo externo que identifica a la persona consagrada

El hábito de las monjas o los monjes nos puede parecer diseñado al azar o por estética. Nada más lejos de eso. Es sorprendente la importancia que se le da a cada detalle, color, tejido, forma… 

Cada orden religiosa es identificada por su vestimenta o hábito, por los diversos elementos que lo constituyen: el tipo de túnica, escapulario, capucha, capa, cinturón o cordón… También los colores tienen gran importancia, pues en general están relacionados con los ideales de la orden o congregación religiosa.

La historia de la Iglesia refiere que desde los primeros tiempos del cristianismo hubo quienes se alejaron a los desiertos a llevar una vida de austeridad y oración. Vivían aislados, vestían pobremente con túnicas talares (vestiduras que llegaban al talón) y muchas veces habitaban en cuevas. Por ello eran llamados ermitaños, anacoretas o eremitas. 

Desde entonces, los signos distintivos de los religiosos se han convertido en señales que nos recuerdan la eternidad, la primacía de Dios en nuestra vida. Por ejemplo, el simple hecho de ver pasar a una religiosa con hábito en la calle nos lleva a pensar en Dios.

La humildad 

Aunque con los años su vestimenta ha cambiado un poco, en general su atuendo austero y sencillo ha mantenido su base inicial. Sin embargo, según cada orden religiosa, hay detalles o «accesorios» que varían. 

Originalmente la característica común era la bastedad de las telas utilizadas, sin duda para unir  la humildad con la mortificación causada por la aspereza de su tacto. Algunas congregaciones siguen hoy día utilizando los mismos hábitos, mientras que otros se han adaptado a los tiempos, según las normas que, en esta materia, dictó el Concilio Vaticano II.

El tejido

Ponerse el hábito, implica aceptar la regla de una orden o congregación religiosa y unirse a  ese proyecto de felicidad. Resuena en el fondo del corazón del religioso la experiencia del encuentro, del abrazo, de su relación personal con Dios, despertándolo hacia dimensiones transcendentes. El hábito le recuerda esa búsqueda. El valor del tejido, de la materia, le acerca el pensamiento de la felicidad venidera, deseada. 

El color

El color valora en toda su dimensión la afirmación de los dos planos de su vida, las sombras en que vislumbra la felicidad, y la luz que le hace gozar de la felicidad. 

El religioso, con su hábito, no está más que viviendo las palabras de Jesús: “Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo como crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos” (Mateo, 6, 28-30).

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