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¿Necesitamos una aplicación para localizar a quienes amamos?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/11/22

El control no nos hace bien, es la confianza la que ensancha el alma. Una gran reflexión del padre Carlos Padilla

Hay aplicaciones en mi celular que te permiten saber dónde se encuentra la persona querida en todo momento.

Me llama la atención ese deseo de saber dónde está cada uno, lo que está haciendo, lo que le ocupa.

¿Qué hay detrás de mi interés? ¿Desconfianza? ¿Preocupación? ¿Miedo a perder a quien amo? ¿Ansiedad provocada por su ausencia?

Y, ¿qué sucede si no está aquel a quien amo donde me dice que está? ¿Desconfío de lo que me dice o de la aplicación?

La verdad es que no quiero que me dejen de amar y no quiero que me mientan. Quiero poseer, retener, cuidar, proteger, controlar a los míos.

Esas aplicaciones me llaman la atención. Me quedo tranquilo cuando está en un lugar seguro o cuando se encuentra donde creo que debería estar, en casa, en el trabajo.

El deseo de controlar

Pienso que la desconfianza es un mal que me enferma. ¿Desconfío de aquel a quien amo y me ama?

Tal vez me hirieron y desde entonces ya no confío como lo hice cuando era niño. Cuando nadie aún me había prometido algo que luego no iba a cumplir.

Cuando en lugar de amor me dieron odio, desprecio, olvido. Cuando sentí que no valía tanto porque alguien a quien yo sí valoraba no me tomaba en serio. Y el dolor se hizo fuerte en mi interior.

Desde entonces necesito saberlo todo. Dónde se encuentran aquellos a los que amo. Qué hacen. Cómo se comportan. En qué están. Y esta aplicación me ayuda en el control.

Cuanto más sepa más paz tendré. ¿Y si algo se escapa de mi control?

Una actitud enfermiza

Digo que delego responsabilidades pero vivo controlando a ver si todo funciona y resulta como yo espero.

Me cuesta que incumplan lo prometido. Me lleno de rabia cuando no hacen las cosas que me han prometido. Siento que no me escuchan, no me obedecen, no me siguen, no me quieren.

Cuando me llevan la contraria en una discusión pienso que no me aman. No me fijo en el valor del tema que discutimos. Simplemente siento que no me valoran en mi verdad. Y me indigno.

El control, la desconfianza, el deseo de que todo salga bien. O al menos el afán de que las cosas se hagan a mi manera. Que otros no se metan en mis asuntos. Que no me quiten lo que a mí me han confiado.

¿Y si luego sale todo mal? Me siento frustrado, ofendido, despreciado. Trato de buscar culpables a mi alrededor. Alguien que no hizo lo que debía. Uno que no respondió a lo que se esperaba de él.

Yo me cuidaré y protegeré para que no me echen nada en cara. Soy libre, inocente, puro. El control me enferma.

La desconfianza es algo insano. Si desconfío siempre de las personas no viviré con paz. Tendré un nudo constante en el estómago. Viviré mirando, observando, vigilando.

Yo sé cómo se tienen que hacer las cosas. Y si alguien no me escucha, no me obedece, no me respeta, lo apartaré de mi vida. Pasará a un segundo plano. Lo alejaré de mí.

Confiar es mejor

Me gustaría ser una persona confiada, creer siempre en las personas y no sospechar.

Me gustaría no tener que usar nunca esa aplicación para saber dónde se encuentra la persona amada.

También Me gustaría no controlar a los demás, ni mi propia vida y dejar fluir los días sin tanto apego.

Me gustaría soñar con días plenos en los que improviso y acepto que las cosas puedan salir mal.

No me enojo cuando sucede así, cuando pierdo, fracaso o me quedo solo. No pierdo la esperanza ni la alegría.

El control no me hace bien. La confianza por su parte ensancha mi alma. Aprenderé a creer más en mi hermano.

Entenderé que lo que me dice es cierto y que si no lo consigue no es culpa suya, lo intentó.

La paz más allá del control

Viviré despreocupado, no sé cómo hacerlo, pero veo a personas que son así, más libres y felices.

Aprenderé a dar una segunda oportunidad al que me ha fallado. No sé si será lo más sensato, pero sí lo más sano para mi alma.

Construiré sobre roca la casa de mi vida. Porque la roca es lo único que resiste el paso del tiempo y las tempestades.

Echaré raíces allí donde m encuentre porque el presente es lo único sobre lo que puedo decidir.

No me alejaré de las personas que me aman y no les pondré a prueba su amor cada mañana.

Me amarán a su manera, torpemente, igual que yo lo hago. No le exigiré a nadie lo que yo mismo no doy. No me quejaré de sus faltas sin reconocer las propias.

«Antes de acusar a los demás conviene mirarse a uno mismo. Tenemos una capacidad infinita de arrojar la piedra a la cara del vecino. Haríamos mejor en asumir nuestras propias faltas».

Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 66

Aceptaré cuando los demás no se fían de mí y desconfían. Sabré que es ley de vida y no me angustiaré.

Seguiré luchando, amando, dando la vida sin importarme cuánto tiempo me lleve lograr las metas.

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