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Catalina de Mendoza: Pintora, mecenas, gobernadora y profesa jesuita

IMAGEN ILUSTRATIVA

Shutterstock.AI

Sandra Ferrer - publicado el 15/05/23

Dejó una vida de lujos y se volcó en el arte y la religión

La casa de Mendoza es una de las más ilustres y conocidas de la historia de España. De su linaje salieron grandes nombres propios de hombres que estuvieron al lado de la monarquía y protagonizaron algunos de los capítulos más importantes de nuestra historia. Entre esos nombres propios no podemos olvidar el de algunas de las mujeres de tan alto linaje. Una de ellas, Catalina de Mendoza, renunció a la vida mundana tras un matrimonio infructuoso y se convirtió en una importante dama para los jesuitas. 

Catalina de Mendoza había nacido en Granada el 5 de febrero de 1542. Era hija natural de Íñigo López de Mendoza y una mujer, doña Luisa de Mosquera, de la que apenas sabemos su nombre. La niña fue acogida por sus abuelos paternos, Luis Hurtado de Mendoza y su mujer, llamada también Catalina y que el pueblo la conocía por su piedad.

Además de una amplia formación digna de una dama del Renacimiento, aprendió latín y aritmética, así como varios idiomas, música y pintura, Catalina recibió una intensa formación cristiana de la mano de su tía, María de Mendoza y a través de lecturas piadosas como la obra de Fray Luis de Granada.

Sobre doña María dijo el padre Gerónimo que fue «escuela donde aprendió no solo en preceptos especulativos, sino en ejemplos practicados la más viva enseñanza y la suma de la perfección cristiana». 

Matrimonio nulo

El destino de Catalina lo habían marcado los hombres de la familia Mendoza, principalmente su padre, quien eligió a Diego de Ayala y Rojas, conde de la Gomera como su flamante esposo.

En un primer momento, la joven aceptó la decisión paterna y la boda por poderes se celebró poco después. Sin embargo, pronto descubrió lo que ya era de conocimiento público, que el conde no era un hombre respetable. Catalina no estaba dispuesta a aceptar las constantes infidelidades de un marido disoluto por lo que se negó a continuar con lo que para ella era una farsa.

Tras mucho empeño, consiguió la anulación del matrimonio. Como recordaría el padre Gerónimo, «casáronla sus padres para descasarla Dios que la celaba para suya». 

Por aquel entonces, Catalina de Mendoza era una mujer hermosa que disfrutaba de la vida de lujos que su apellido le había otorgado. El duro golpe que recibió al descubrir que su marido le era infiel supuso un antes y un después en su vida. Toda la piedad que había descubierto en su abuela y su tía, en todos los textos compartidos con ellas, en todas las oraciones conjuntas, afloraron en ese momento clave de su vida y tomó la decisión de dedicar desde entonces y hasta su muerte, su vida a la oración.

Entrega a Dios

«Hallole herida del rayo de amor divino y puesta a los pies de Cristo crucificado, le suplicó con humilde confianza que como fue dejada de los hombres la recibiese como suya […]. Ya las galas de que tanto gustaba, como de agasajos que lisonjeaba su hermosura, se trocaron en vestidos, que por su llaneza y deslucimiento pudieran ser desaire de su belleza.»

Corría el año de 1575 cuando Catalina de Mendoza se recluyó en su hogar y abrazó el camino de la fe. Ese mismo año tuvo que asumir también una importante responsabilidad, encargada por su propio padre. Nombrado virrey de Nápoles, Íñigo puso rumbo a tierras italianas dejando a su hija como gobernadora de todas sus extensas propiedades.

«Empezó a gobernar, y mandar con tanta prudencia, y aceptación de todos que pudieran parecer sus principios, fines de una acertada ancianidad, a que experiencias y sucesos tienen con razón y madurez para el gobierno».

Durante cinco años, Catalina demostró ser una hábil gestora y se volcó con gran responsabilidad en la encomienda dada por su padre. De vuelta a España, liberó a su hija de su cargo. Fue entonces cuando se desprendió definitivamente de todos sus bienes y los donó a la orden jesuita para que terminara de culminar su proyecto de colegio en Alcalá de Henares. Catalina, que hizo voto de castidad, había intentado ingresar en la orden de San Ignacio. Llegó a hacer sus votos para profesar como religiosa en un convento jesuita, aunque nunca llegó a ingresar en uno. 

Vinculada a la Compañía de Jesús

A pesar de ello, Catalina continuó vinculada a la Compañía de Jesús ayudando entre otras cosas, a impulsar el colegio y la iglesia jesuita en Alcalá. Lo hizo con la condición de poder ser enterrada en el templo, junto a su tía María. Catalina dedicó tiempo y fortuna a realizar obras de beneficencia y a fundar hospitales y orfanatos.  

Además de por su vida piadosa, a Catalina de Mendoza se la recuerda por haber sido una importante pintora de flores y bodegones y por realizar algún retrato. También escribió varios libros, casi todos perdidos. 

Catalina falleció el 15 de febrero de 1602. Poco tiempo después de su desaparición, el padre jesuita Gerónimo de Perea escribió una extensa Vida y elogio de Doña Catalina de Mendoza, fundadora del Colegio de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares

En esta obra incorporó también palabras de la propia Catalina: «O día dichosísimo, día felicísimo, día deseadísimo, día, graciosísimo, día prosperísimo y cien mil veces bienaventurado y bien afortunado para mí, en el cual Dios mío, y Padre mío, por vuestra gran misericordia habéis recogido esta ovejuela descarriada a vuestro rebaño, debajo de vuestra protección y amparo, marcándome como vuestra, señalándome con vuestro hierro, para poseerme por tal eternamente».

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