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Hablamos demasiado, con demasiada gente, todo el tiempo

SOCIAL

Rawpixel.com | Shutterstock

Daniel Esparza - publicado el 20/02/22

La vida moderna en Internet se basa en una comunicación constante, pero no estamos hechos para hablar tanto

En 1991, R.E.M publicó su séptimo álbum de estudio, Out of Time, que incluye una canción que se convirtió en un clásico instantáneo, “Losing My Religion”. En esta canción, Michael Stipe alterna cantando las frases “He dicho demasiado” y “No he dicho suficiente”.

Esta tensa relación entre compartir de menos (no decir “suficiente”) y compartir de más (hablar “demasiado”) es típica de una de las formas dominantes de la vida social moderna: las redes sociales en línea.

Sin embargo, a los usuarios de los medios sociales que quizás anhelen algo de tiempo desconectado y una pizca de silencio digital se les anima constantemente, casi implacablemente, a “hablar” en línea lo máximo posible. Estamos hablando demasiado, con demasiada gente, todo el tiempo.

Según explica Ian Bogost, diseñador de videojuegos e investigador, la charla constante en línea se produce para mayor beneficio de “los gigantes tecnológicos”. Las empresas en Internet tienen un nombre característico para esta ansia persistente de interactuar, la denominan “engagement”, en inglés, o “compromiso”, en español.

Los parámetros que emplean estas plataformas para fomentar la interacción entre usuarios (“me gusta”, “compartir”, etc.) son el índice de una nueva “virtud” social: la popularidad en línea.

Los medios en línea, según continúa Bogost, “ofrecen a una persona ordinaria acceso a canales de comunicación previamente reservados para grandes negocios».

«Empezando por la world wide web en los años 1990 y continuando con el contenido sobre cualquier cosa generado por los usuarios y con los medios sociales de los años 2010, el control sobre el diálogo público ha pasado de las organizaciones mediáticas, los gobiernos y las empresas al ciudadano medio”.

Es cierto, poder compartir y publicar libremente (casi) cualquier tipo de material audiovisual parecía una bendición. Y lo es, hasta cierto punto. Sin embargo, Bogost recuerda que “también recibimos un vertido de basura tóxica” dirigido a revolver los peores miedos y emociones de las personas.

Además, la facilidad con que se pueden establecer conexiones (a menudo basta con una simple “solicitud de amistad”) significa que cualquier publicación puede alcanzar prácticamente a cualquiera en cualquier lugar, con un poco de ayuda del algoritmo.

La forma en que los medios sociales hacen que los amigos íntimos parezcan igual que los simples conocidos o que incluso los extraños (y viceversa, ya que todos se agrupan indistintamente juntos como “amigos” o bien como “seguidores”)  hace que este proceso de compartir sea mucho más sencillo que dedicar tiempo de verdad a conocer a alguien ELVR: “en la vida real”.

La capacidad para “ser amigo” de gente en Internet se ha convertido en uno de los principales problemas que plantean los medios sociales. La vida digital, en definitiva, se ha convertido en una cuestión de hacer acopio de conexiones y de mantenerlas “comprometidas” hablando entre sí constantemente.

Antes de que estas herramientas online fueran tan ampliamente accesibles, las conversaciones se producían con menos frecuencia, con considerablemente menos personas y en situaciones específicas, la mayoría de ellas íntimamente relacionadas con la vida diaria de cada uno.

Como recuerda Bogost a sus lectores, una persona normal solía tener un puñado de conversaciones al día y el mayor grupo de personas al que tenía la oportunidad de dirigirse era quizás en la recepción de una boda, “unos pocos centenares como mucho”.

Un meme cristiano bastante famoso dice: “El hombre que dividió en dos la historia tenía solamente doce seguidores”. Otro meme, en la misma línea, dice: “Nadie habla del milagro de Jesús de tener doce amigos íntimos siendo un treintañero”.

Ambos chistes dan en el clavo. Según Robin Dunbar, el ahora emérito profesor de biología evolutiva en la Universidad de Oxford, aunque, siendo realistas, podamos desarrollar hasta 150 vínculos fructíferos, incluso significativos, nuestras relaciones más estrechas se limitan solamente a entre cinco y quince amigos íntimos, por lo que los doce de Jesús estaban justo dentro de la media razonable. Por supuesto, podemos mantener redes mucho más amplias (piensa en tus 400 “amigos” de Facebook), pero esas conexiones son sin duda menos significativas.

El tipo de “conversaciones” que tenemos con ellas rara vez son relevantes y, a menudo, son abiertamente hostiles. Tan solo piensa en ese “amigo” de Facebook que siempre está “equivocado” en algo que tú crees (no, algo que tú sabes) que tienes “razón”.

Según recuerda Jenny Gross, Dunbar teorizó que los humanos no podían tener más de 150 relaciones significativas, una medida que llegó a conocerse como el número de Dunbar. En su investigación original, Dunbar estudió a primates (los animales más sociales) y determinó que el tamaño del neocórtex, la parte del cerebro responsable del pensamiento consciente, correlacionaba con el tamaño de los grupos en que vivían.

El neocórtex en los humanos es más grande aún, así que extrapoló que el tamaño ideal del grupo era, de media, de 150 individuos. Sin embargo, el número no es solo una estimación especulativa.

En su libro How Many Friends Does One Person Need (“cuántos amigos necesita una persona”), Dunbar señala que el tamaño de un pueblo neolítico típico de Oriente Medio oscilaba entre las 120 y las 150 personas, a juzgar por el número de viviendas encontradas en excavaciones arqueológicas.

En el siglo XI, el tamaño medio de la mayoría de los pueblos ingleses registrados en el Libro Domesday era más o menos el mismo, en torno a las 160 personas. Y en ejércitos modernos, las unidades de lucha contienen una media de entre 130 y 150 personas.

Es cierto que la vida actual requiere un aparente trabajo constante en nuestra red de contactos para satisfacer algunas de sus necesidades (algunas incluso vitales). Sin embargo, también podemos mantener relaciones significativas e importantes, tanto online como offline, más allá de la mera sed de “compromiso”.

Bogost explica que “el evangelio del engagement embaucó a la gente para confundir el empleo de software con la realización de conversaciones significativas o incluso meramente exitosas. Un tuit amargo que genera una acritud caótica de alguna forma se ha llegado a interpretar como un discurso de éxito en línea en vez de como una señal de su obvio fracaso”.

Esto es un indicio de lo que la erudita en medios de comunicación Siva Vaidhaynathan, directora del Centro para Medios y Ciudadanía de la Universidad de Virginia (EE. UU.), ha denominado “la googleización de todo” y la “Desconexión de Facebook”. En resumen, Vaidhaynathan explica que plataformas tecnológicas como Facebook asumen que merecen una base de usuarios de un tamaño de miles de millones de personas.

Para ser precisos, 2.200 millones de personas tienen cuentas de Facebook. “Pero ninguno de nosotros puede comunicarse realmente con 2.200 millones de personas”, aunque lleguemos a pensar que merecemos tantos seguidores.

Ni siquiera el mismo Facebook, que continuamente ha excusado sus fechorías señalando que es imposible controlar en la práctica una población tan inconcebiblemente grande. Entonces, ¿qué podemos hacer para evitar esta trampa de (mala) comunicación? La respuesta, según coinciden investigadores desde Dunbar a Vaidhaynathan, es relativamente simple.

Compartir y publicar menos puede, de hecho, conducir a una vida más significativa, tanto fuera como dentro de Internet, ya que uno reaprende a discernir lo que es de verdad importante y lo que no.

Hay que separar el grano en línea de la paja digital: lo que parece ser “bueno” para la plataforma no es necesariamente bueno para las relaciones humanas. Compartir y publicar menos puede, de hecho, conducir a una vida más significativa, tanto fuera como dentro de Internet, ya que uno reaprende a discernir lo que es de verdad importante y lo que no.

Esto implica despegarse del botón de “me gusta” de Facebook. “Durante muchísimo tiempo”, recuerda Vaidhaynathan, “Facebook no permitía ninguna interacción más allá del pulgar arriba. Pensaban que incluir un botón de ‘no me gusta’ fomentaría el mal rollo. Más tarde, debieron de ponerlo a prueba y descubrieron que su asunción no se sostenía, porque decidieron introducir un conjunto muy controlado de ‘reacciones’ con emojis.

Pero estas reacciones estaban meticulosamente afinadas para poder medir nuestro ánimo”. Sin embargo, los sentimientos y las relaciones humanas son mucho más ricos y no pueden reducirse a las siete emociones codificadas por Facebook (“me gusta”, “me encanta”, “me importa”, “me divierte”, “me asombra”, “me entristece”, “me enfada”). ¿Qué hay del miedo, del asco, de la vergüenza, de la timidez, de la culpa, del interés o del desprecio?

La simplificación excesiva de las expresiones en Internet no se corresponde en absoluto con la complejidad de la vida humana y su omnipresencia ha aplanado la calidad de nuestras interacciones humanas en general. Ayunar de los “me gusta” puede ciertamente ayudarnos a dar al software lo que es del software y a las personas lo que es de las personas.

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