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El reto de buscar la calidad de contenidos en el entretenimiento digital

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NadyaEugene- Shutterstock

Ignasi de Bofarull - publicado el 15/02/22

El objetivo es encontrar un nuevo entretenimiento más humano y familiar. Y sobre todo, no descuidar el cuidado de nuestra "casa" en su sentido más profundo

Ruido. El mundo, desde la crisis del 2008, parece que muestra signos de cansancio y desasosiego. La pandemia (2020-2021) ha agravado los índices de alarma sanitaria, psicológica y social.

Paralelamente muchos indicadores señalan que crece la desigualdad en numerosos países de Occidente en paralelo con un aumento de empleos precarios, alquileres altos e inasequibles para las rentas más bajas que se suman a un desempleo crónico.

A todo ello hay que unir, en los últimos meses, un agudo repunte de la inflación. Estamos inmersos en un individualismo rampante hijo del capitalismo desregulado de los últimos cuarenta años que se ha traducido en miedo y desazón en medio de una pandemia que aún no ha acabado y nos tiene a todos en vilo. Paralelamente crece la rabia social. No sabemos a dónde ir. Y buscamos evadirnos.

Para tapar el miedo y el vacío que impregna nuestras vidas nos cubrimos de capas y capas de entretenimiento, curiosidades, espectáculo, morbosidad.

Estamos agitados, tensos, a menudo ansiosos y en ocasiones depresivos. No tenemos agarraderos y para tapar el miedo y el vacío que impregna nuestras vidas nos cubrimos de capas y capas de entretenimiento, curiosidades, espectáculo, morbosidad. Entonces la respuesta a muchas preguntas esenciales queda apagada por el ruido de tantas voces estresantes que solicitan frenéticamente nuestra atención desde cualquier rincón.

Pongámosle nombre a este huracán de diversión: la industria del entretenimiento digital. ¿Qué entiendo por industria del entretenimiento digital? Pues ese alud de contenidos digitales que se pelean por entretenernos captando muy agresivamente nuestra atención y generando una vida llena de contenidos redundantes, repetitivos, narcóticos que, desde el móvil y las pantallas en general (consolas, televisión, cine, etc.) nos aturde y sobre todo nos encanalla y a la vez nos hace enmudecer. Fundamentalmente, nos impide vivir a un ritmo plenamente humano.

¿Dónde y cómo quedan las preguntas por el sentido de nuestras vidas? Apagadas y sin respuesta. Esta industria tiene todas las respuestas:  tabletas, móviles, videojuegos, música, vidas de hiperrealidad paralelas (el metaverso), televisión en streaming y una larga lista inagotable e infinita de contenidos.

¡Pero no todos estos productos digitales son negativos! No, por supuesto. Hay mucha calidad escondida. Quizá son la base del nuevo ocio y cultura que hemos de exigirnos. Porque algunos contenidos dosificados valen mucho la pena. Y hacen pensar: incluso son liberadores. Contenidos que, graduados, pensados, consultados, son capaces de hablar críticamente del ruido reinante.

Pero parece que estamos programados para los atracones con un gusto progresivamente cada vez más estragado y corrompido. Y lo más grave de todo son las vidas que dejamos de vivir, las cosas que dejamos de hacer, los libros que dejamos de leer, las amistades que dejamos de cultivar, etc. Y, además, esa barahúnda de la nueva vida digital borra la palabra, la conversación y la acción humanas insertas en la vida real. Entonces solo queda un ruido, un zumbido insomne y absolutamente alienante.

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¿No será que nos estamos perdiendo algo importante?

Creo que hemos de volver a casa, a una casa apacible para vivir según nuestra naturaleza. ¿Qué significa aquí casa? Por la palabra, y a la vez concepto, casa no entiendo solo el edificio, que también, sino aquel lugar en el que se habita humanamente, sosegadamente.

La casa nos acomoda en el mundo entre el trabajo y el descanso desde la realidad, más allá del simulacro de la virtualidad digital.  Es el lugar de la convivencia construido con palabras, relatos, costumbres, historia y tradiciones que definen nuestra identidad. Un lugar en el que se vive el arraigo: en el que se echan raíces. Un lugar desde donde enamorarse de la realidad. Entonces el concepto casa se expande y se amplía hacia nociones como hogar, morada, donde destaca –metafóricamente- el calor de la lumbre doméstica, el acogimiento, el cuidado y los lazos de sangre: y en el centro, la familia. Una familia presidida por relaciones incondicionales de amor y amistad, de compasión y cuidados.

La casa es un lugar en el que se es uno mismo. Donde cada uno de nosotros no somos ni un instrumento, ni una cosa, ni un consumidor insaciable, ni una mercancía sino una persona única, irrepetible, valiosa en sí misma. Una persona que quiere ser amada y amar. Que quiere alcanzar la plenitud en la paz y la alegría sosegadas (algunos le llaman felicidad) con los padres, los hermanos (en la familia extensa de abuelos y tíos quizá), con los amigos, con los conocidos, con todos aquellos con los que nos relacionamos en la realidad cotidiana. Con los que hablamos, trabajamos y descansamos.

En la familia TODOS suman.

Probablemente el papel del hombre en la tierra consiste en habitar en moradas que no siempre están bajo un techo. También se habita comunitariamente en la plaza del barrio o del pueblo. En los paseos por los campos y bosques cercanos a la ciudad. O en las fiestas de agosto. O allí donde el casino es un centro de reunión que nos acoge como en casa. Y en esa línea se habita en un templo, desde luego, en los ritos, rendidos ante lo sagrado, que nos hablan de las raíces, de nuestros orígenes, de las tradiciones y sobre todo de nuestro fin último.

Sin embargo, la codicia de la industria del ocio digital (léase Facebook, Tik-tok, Twitter, Instagram, Netflix, Fortnite, por ejemplo, etc.) no casa con la vida apacible; ni con la sobriedad de un vivir humano en el que el amor y la amistad son lo fundamentales.

Envilecidos por la industria del ocio digital se han cerrado las ventanas y se han apagado las luces para que el sol no se refleje sobre la pantalla: toda una alegoría. Y es que las vidas familiares, amicales, culturales, las tertulias y las guitarras no se pueden convertir en negocio. Porque hoy el capitalismo ya no vende solo instrumentos y productos para la vida sosegada, alrededor del fuego del hogar, en la excursión, o culinariamente en la mesa.

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En casa, cada persona es valiosa por sí misma.

El último capitalismo (de unos 40 años) nos arranca de casa para ponernos a jugar a juegos más rentables para la industria del ocio digital desde el amenazador oligopolio de las Big Tech: Amazon, Google, Facebook (ahora Meta), Microsoft, Apple pero también desde toda la industria del videojuego online, de las apuestas y casinos y la pornografía rampantes. Y de ese modo nos empujan hacia el vértigo, nos saquean atrapándonos y abotargando nuestra atención hacia el espectáculo permanente y sin alma.

Hay que encontrar una respuesta. Quizá habrá que volver a consumir una cultura más analógica, un divertimento más sencillo, unas vacaciones y fines de semana más plenos a fuer de austeros. Existe, insistimos (aunque no muy abundante) un entretenimiento digital de alta calidad, socialmente cohesivo, humano. Y es rentable. Pero la industria del entretenimiento digital suele ir mayormente a lo fácil.

¡Cuánto nos conviene una nueva cultura y entretenimiento! No hablamos de una cultura ñoña, ni insoportablemente edificante y moralizante. Estamos hablando una cultura inteligente que no esconde el dolor y el mal, aun el más crudo y contradictorio, pero que también paralelamente presenta el bien y la esperanza. Una cultura y un entretenimiento cargados de la verdad de la condición humana con todos sus claroscuros que ha predominado durante siglos. ¿Nostalgia? No: cambios que aspiran a lo mejor. Pero quizá tenga, muy a menudo, razón Rod Dreher cuando escribe su The Benedict Option (La opción benedictina) en 2017: «¿Es necesario un repliegue?» Ahí está el debate. No tengo la respuesta.

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