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Carlos Leisner, el sacerdote ordenado en un campo de concentración

Beato Karl Leisner

CC

schoenstatt.org - Redacción de Aleteia - publicado el 28/02/15

Sólo con sus últimas fuerzas pudo el diácono, gravemente enfermo, llevar a cabo la ceremonia sagrada

La trayectoria del joven Karl Leisner, víctima del infierno nazi y hoy beato en proceso de canonización, es una historia repleta de la luz de Dios en medio de la oscuridad del horror y de la muerte.

Uno de los aspectos más peculiares de la vida de Carlos Leisner, sacerdote alemán del movimiento de Schoenstatt nacido en 1915, fallecido en 1945, y beatificado por Juan Pablo II en 1996, es que fue ordenado sacerdote en un campo de concentración, concretamente en Dachau.

Para él fue la realización de un gran sueño.

En sus cinco años de prisión (en la cárcel y en el campo de concentración), lo acompañó el anhelo por llegar al sacerdocio, aun cuando enfermó de tuberculosis pulmonar, lo que le hubiera impedido recibir la ordenación con sus cohermanos de la diócesis de Münster.

Karl Leisner – es
Public Domain

Ordenado sacerdote a escondidas

Los preparativos para la ordenación se hicieron con mucha imaginación y aún más ánimo: con variadas telas y materiales se hicieron las insignias episcopales y los ornamentos, todo en forma clandestina y corriendo un gran peligro.

Consiguieron telas para las casullas; el pectoral y el anillo para el obispo fueron elaborados por un prisionero ruso en la armería de la Messerschmittwerke, prestigiosa empresa de los nazis.

La aprobación de su obispo diocesano, monseñor von Galen, la pudo conseguir Leisner por medio de la correspondencia legal enviada a sus padres.

La comunicación con el obispo del lugar (Munich-Freising), el cardenal Faulhaber, se debió hacer de modo ilegal.

La ordenación sacerdotal se realizó el tercer domingo de Adviento, el domingo Gaudete entre las 8.15 y las 10 h.

Sólo con sus últimas fuerzas pudo el diácono, gravemente enfermo, llevar a cabo la ceremonia sagrada.

Por sus dificultades para respirar hubo que limitar la cantidad de participantes, ya que en el estrecho ámbito de la capilla el aire rápidamente quedaba viciado.

La ceremonia de consagración fue conscientemente sencilla, para no cansarlo excesivamente.

«Dios, qué grande y bueno eres»

Aunque la celebración lo fatigó en extremo, Carlos Leisner estaba plenamente feliz en su interior.

Lo testimonia el Padre Heinz Dresbach, que en los días posteriores a la ordenación (ilegal), lo visitó en la enfermería:

«Transmite con palabras y con toda su actitud la gran felicidad en la que, por decirlo así, está nadando. Especialmente el lema de su ordenación, tomado del Salmo 117, lo tiene encantado…».

«Él cuenta después que durante la ceremonia estaba interiormente en paz y sin ninguna distracción. Estaba como en el cielo… En los días y semanas posteriores fluían de él, por decirlo así, felicidad y gratitud».

Una carta que escribió el 30 de diciembre de 1944 a su amigo Heinrich Tenhumberg (que fue después obispo de Münster y durante años presidente de la Presidencia General del Movimiento de Schoenstatt) por el correo militar, da cuenta de cuán profundamente estaba conmovido Leisner por su ordenación y primera Misa:

«Desde hace 14 días puedo solamente rezar conmovido: ¡Dios, qué grande y bueno eres! Fueron para nosotros horas incomprensiblemente felices, de una gran e intensa alegría, que nos compensaron ricamente por muchas horas oscuras.

Después de la santa transubstanciación, por unos segundos estuve profundamente conmovido, siempre muy tranquilo y concentrado. Felices horas de alegrías navideñas y delicados, profundos sentimientos».

«No podía ser más feliz»

El nuevo sacerdote recibió felicitaciones de muchos lugares: le expresaban la participación interior y la sincera alegría compartida por sus cohermanos. Una enorme y artística carpeta contenía más de doscientas firmas de sus cohermanos.

En otra carta, el beato recordaba su primera misa en la fiesta de san Esteban:

«Después de la consagración en la primera misa, fue para mí como estar ante nuestro Rey como su caballero y vencedor.

Antes me había dedicado completamente a la querida Madre Tres veces Admirable. Fue como si Ella, como Señora y protectora, guiara y bendijera cada paso y cada movimiento de mis manos. Creo que no podía ser más feliz«.

Entre los muchos que lo felicitaron estaba también, naturalmente, el fundador de Schoenstatt, el padre José Kentenich, quien le dedicó una oración para su ordenación y primera misa:

«El Señor te ha escogido para el sacerdocio,
por medio de él quiere ir bendiciendo por el mundo,
quiere, a través de ti, ofrecer, rezar, amar, sufrir
y apacentar a sus ovejitas aquí, en la tierra.
Desde siempre te ha regalado a la Madre,
que te guía en toda tu vida.
Ella permanece fiel en todas las situaciones de la vida.
Ella te ayuda a llevar con alegría todas las cargas,
orienta tu camino y el de las almas a tu cuidado
hacia las riberas de la bendita eternidad».
Domingo Gaudete, 1944

Testimonios conmovedores

Hay testimonios conmovedores acerca de la profunda impresión que causó en los prisioneros que estaban con él en el campo de concentración, la ordenación sacerdotal secreta y la primera misa, tanto en los que podían celebrar con él como en los que apenas sabían algo.

Algunos ejemplos:

«En medio de un mundo sin sentido, que ha sido creado para humillar a los hombres y destruir totalmente su fe en Dios, está la Iglesia con una capacidad de persuasión que no retrocede ante el peligro del martirio, que conforme a las promesas de Cristo, no será vencida por el poder del infierno».

Joseph de la Martinière

«La Iglesia, que fue declarada muerta, ha echado raíces incluso en este suelo de piedra y está viva, se ha vuelto fuerte y magnífica«.

Josef Steinkelderer

«Tanto quiso Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, en su incomprensible amor y disposición al sacrificio, seguir a sus sacerdotes en su cautiverio y en su humillación. Un sacrificio de Dachau será co-ofrecido con el gran Cordero del sacrificio«.

Johan Renier Rothkrans

«Un crucificado comparte su sacrificio con el Señor crucificado. Su alegría madurada en el sufrimiento, y que fluye de una íntima vinculación con Cristo, fue para todos nosotros… un gran estímulo«.

Martín Schiffer

«Esta ordenación sacerdotal nos ha dado ánimo y fuerzas para soportar«

Ferdinand Maurath

«Para nosotros, los sacerdotes del bloque 26, esta ordenación sacerdotal fue un acontecimiento impresionante, un fortalecimiento en la fe y un aliento para seguir soportando».

Kurt Habich

«En ese momento nos hemos olvidado de dónde estábamos, no sentimos más la pobreza y lo duro del campo de concentración, todos fuimos invitados por el Señor y todos nos sentimos como amigos y amados del Redentor, ricamente regalados».

Josef Neunzig

Su corazón late totalmente por la juventud

La ordenación sacerdotal en el campo de concentración fue para Carlos Leisner la realización del gran anhelo de su vida.

Significó para él también un nuevo hálito de esperanza con relación a su liberación y curación. Este anhelo por el sacerdocio estuvo siempre vinculado también con su preferencia y gran responsabilidad por los jóvenes.

A ellos, a la Iglesia joven, quería dedicarse especialmente como sacerdote, cuando tenía plenas esperanzas en su liberación y en la recuperación de su salud.

Dios le regaló la liberación al final de la guerra; recibió ese regalo con una enorme gratitud.

Con respecto a su salud, los planes de Dios se le revelaron distintos a lo que él había esperado y pedido. Sucumbió a su dolencia el 12 de agosto de 1945.

Con ello tienen otro aspecto su ser y obrar sacerdotales.

Los ocho meses de su vida sacerdotal fueron marcados por la participación en el sufrimiento y la muerte del Sumo Sacerdote, a quien él confió totalmente su ordenación sacerdotal. Se asemejó a él en una medida muy grande.

Sin embargo su obrar sacerdotal no ha terminado con su temprana muerte, tampoco su compromiso y su responsabilidad por la juventud.

En cada santo podemos ver que continúa en la eternidad, ante el Trono de Dios, con la misión por la que vivió en la tierra.

Con respecto a Carlos Leisner podemos decir: su corazón late totalmente por la juventud, la responsabilidad por los jóvenes que lo animó durante su vida, la asume ahora plenamente ante el trono de Dios.

Otro sacerdote alemán, Albert Gutberlet, compuso en su honor una bellísima canción que resume su breve e intenso paso por este mundo:

Dying to be with you(Moriendo para estar contigo)

I was born into your friendship without a merit on my part.
The call to follow in your footsteps became the passion of my heart.
My youth, a flower I chose to give you, was crushed the day of its first bloom,
Before the blazing winds of summer choked the joy of loving you.

Now that you take my life away, I can feel you just a breath away from me.
I’m dying, that’s true, but I am dying to be with you eternally!
And it really takes my breath away that you should come to take me home to stay with you.
My fears are all gone, the battle is won, and legends have come true.

Behind cold walls and thick barbed wire, a sweet and painful dream came true:
I was ordained and blessed your body, a glimpse of heaven close to you!
And with the treasures that you gave me, I lit the darkness of this place
I’ve seen smiles as clear as sunlight in the reign of deep disgrace!

Now death has found me ‘neath soft blankets,
my heart explodes, at last the prize is near.
I’d like the world to know how deep and overwhelming
has your presence been in cruelty, pain and fear.

Fragmento de un artículo publicado por Schoenstatt.org

Tags:
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